IMPORTANCIA DEL ÑANGAREO

domingo, 10 de julio de 2011

Los poderes atribuidos a Olorun el la región yoruba, pasaron a Cuba de manera general, pero debido a la imposición de la religión católica en el proceso de catequización del africano, hibo elementos simbólicos que se fueron introduciendo poco a poco en el ritual lucumí, hasta llegar a formarse un concepto simbólico y sincrético de Olorun. En este sentido, cuando "los marcos gentilicios y tribales son superados, el animismo [y otras creencias primitivas] conduce a diversas dormas de sincretismo religioso, esforzándosen por elevarse sobre el marco local en su concepcción del mundo"(1). Estos símbolos católicos son: el ojo de la divina providencia y la copa del santísimo sacramento, que en su parte superior irradia como un sol.

En Cuba también se conoce a Olorun, indistintamente, con sus variados epítetos, aunque el más usado es el de Olofin u Olofi.

Cuando interrogamos a los viejos practicantes de la santería acerca de qquién es el sol, generalmente responden: el sol es Dios, el sol es Olofi, el sol es Olodumaré; es decir, ya los informantes identificcan al sol conceptualizado con Olofi, a diferencia de como ocurre en la región yoruba.

Se ha detectado un tipo de culto directo en el cual se da gracias a Olorun y se le pide la bendición por medio de ofrendas, rezos y cantos al sol. Dicha ceremonia es el denominado culto Ñangalé (Nangalé, Ñangaré, Ñangareo o Nangaré), que se realiza de la forma siguiente:
La ceremonia del sará(2) para ñangalé o saraecó ñangalé se celebra al amanecer de un rito de iniciación o después de algún sacrificio propiciatorio importante. Los practicantes que conservan las costumbres tradicionales porque – según uno de los informantes – son descentientes directos del lucumí oyó, efectúan el ñangalé después del sacrificio, y con este rito le dan gracias al sol, al cielo, a Olodumaré.

En medio de un patio trazan un círculo con ceniza y una cruz en el medio, y colocan en el centro, sobre hojas secas de plátano, una gran cazuela de barro, denominada baricá con un líquido conocido por dengué, que es una bebida hecha de maíz seco, azúcar, agua y unas gotas de miel de abejas. La oficiante (iyalocha) que reparte el dengué permanece de pie dentro del círculo de ceniza y alza la voz para cantar:

Ñangaré, ñangaré Olorú...
Inmediatamente el coro, formado por el resto de los participantes, responde:
Ñangaréo
Ñangaré, ñangaré odudu koto yu
Ñangareo oloyú olóreo(3).

Cada creyente le presenta su jícara al sol naciente, vierte un poco de líquido en el círculo y bebe, giran luego alrededor y fuera de la circunferencia mientras vuelven a cantar:
Baricá baricá olonu kwá mí
akeré Olodumare akeré Olodumare
otá yiyi oló ó...


Beben tres veces y dan gracias a Orún (sol) a Olodumaré, para pedir la bendición. Conjuntamente se prepara otra cantidad de dengué en una jícara que es llevada al monte para los antepasados. Todos los integrantes deben estar iniciados, y en el momento de la ceremonia cubren su cabeza con un pañuelo blanco.

Los orichas reciben su ofrenda de dengue antes de comenzar el rito. Cuando se hace ñangaré por motivo de alguna iniciación, la ¡yawó(4) colocada a la derecha e su madrina, que lleva las jícaras, se sitúa en el medio del círculo. Esta ceremonia dura alrededor de una hora y cuando termina todos van a saludar a los orichas:

Da yo salú orisá
da yo salú legbá.


Como puede verse, esta salutación no es en lucumí, sino en un "español'"hablado con la entonación y la sintaxis que el africano le daba, y que la tradición oral se ha encargado de mantener en el uso ritual.

La ceremonia anterior, recogida en Matanzas, posee diferencias de forma con otras de la ciudad de La Habana (Regla, Guanabacoa, Habana Vieja, Cerro y 10 de Octubre). En la capital, para efectuar ñangalé, realizan un pequeño círculo de arena en lugar de ceniza, omiten la cruz central y en vez de una gran paila, colocan una jícara mediana; bajo el recipiente sitúan un pequeño mantoncito de arena a modo de soporte y no las referidas hojas secas de plátano. 

Vierten un poco de líquido en el contorno del círculo y se comienza por los practicantes de mayor experiencia y jerarquía, quienes elevan sus vasijas (pequeñas jícaras) en dirección al cielo, y después beben. 

Tras la ceremonia se acude a un acto adivinatorio con el objetivo de preguntar si el sol está satisfecho con el ñangalé y se mostrará benefactor. En este caso no se emplean los usuales cuatro pedazos de coco (obi), sino que se toma un pedazo de pan, se le quita el migajón, se corta en cuatro partes y se lanzan los cuatro fragmentos al aire como si estos fueran los de un coco.

En las letras de los cantos también aparecen variaciones entre Matanzas y La Habana, aunque la ceremonia no se altera. El canto en Matanzas va precedido de un largo rezo, que veremos más adelante, y seguido por el canto antifonal señalado; en cambio, en La Habana, solo el coro entona un canto lento que dice:
Nangaré, nangaré, nangarée
Ifatufo fele ya
Bodu oducué odué Olofi Olódumare (sic).



Esta es la primera parte en que todos giran en tomo a la paila, dan palmadas hacia abajo y seguidamente elevan sus manos con las palmas hacia arriba, en salutación al sol, mientras cantan. Después, toman las jícaras con el dengué y viene la segunda parte del canto, este lo ejecuta solamente el coro y dice:

Caricá imabori imalé
Caricá imabori imalé.


La transcripción dice caricá por ser este el sonido que emitió el informante, pero bien podría ser baricá, como la anterior referencia a la paila.

De este modo podemos observar que el culto ñangalé es un tipo de culto directo al sol, pues la bendición y la gracia se le pide a Olofi, al que se identifica conceptualmente con el sol. De acuerdo con esta situación y como resultado del sincretisnio religioso, la máxima divinidad yoruba y los símbolos católicos señalados se entroncan en un lazo común, lo que da lugar a un tipo de culto autóctono que trasciende a las imágenes representativas del sol entre los atributos de algunos orichas.

Por otra parte, tenemos alusiones y referencias al sol en otras ocasiones, pero en función indirecta. En su recorrido por varios cabildos habaneros de mediados del siglo XIX (1851), la viajera sueca Fredrika Bremer (1801-1865) también observó el símbolo solar en uno de origen congo. En este sentido escribe:

En un cabildo de congos volví a ver el baile del Congo, semejante al que había visto en el barracón de Santa Amelia [en la actual provincia Matanzas], y un baile que parecía una mezcla de danza hispano-criolla yuca y del baile del Congo. En estos últimos bailes hay muchísima más vida que en los otros, mucho más arte y espíritu poético. El símbolo pintado sobre la pared en esta habitación era un gran sol con rostro de persona. También allí había, además, varios símbolos e imágenes cristianos. Pero aun los africanos cristianizados y los verdaderamente cristianos conservan aquí algo de superstición y la idolatría de su país natal"(5).

No olvidemos, en este contexto, que en Cuba los componentes étnicos de origen congo han sido mucho más antiguos y estables en la formación histórica de la población cubana, que los denominados genéricamente lucumí, con una significativa representación yoruba. 

Por otra parte, durante el proceso de iniciación en la santería también se invoca en los rezos a Orún en determinados momentos de la ceremonia: Orún oké orún salé ebá mi kachocho (Dios en el cielo y en la tierra, no me dejes solo, ampárame). Estas palabras se pronuncian cuando se lavan los collares de los orichas con sangre de animales y zumo de hierbas atribuidas, que están destinados a proteger al creyente al recibir las bendiciones de los oficiantes(6)

Cuando un iyawó se encuentra fuera del recinto, el mayor (babalawo) lo manda a entrar diciéndole a la madrina las siguientes palabras: Madé sor¡ ¡yawó orungán nubo erawo, es decir: "cómo permite que su ahijado esté fuera", ya que el sol tiene una hora - a las doce del día - en que le hace daño a la cabeza. El presente ejemplo coincide con el dato citado que plantea que el sol no debe iluminar a seres divinizados. Recordemos que, de acuerdo con los preceptos religiosos de la santería, el ¡yawó queda santificado con la iniciación, por ello se le llama a este proceso hacerse santo.
En el presente culto se vinculan tanto el rito directo como las invocaciones indirectas en función de prácticas consagratorias protectoras.

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